En Argentina, cada persona desperdicia un promedio de 91 kilos de alimentos por año, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA, 2024). Hay que multiplicar esos casi cien kilos por los 45 millones de habitantes para dimensionar un problema que aquí no lo es tanto, porque este es un país excedentario, pero que en otras naciones que sufren hambrunas sería una verdadera tragedia.

Aunque aquí sobre alimento y eso permita conductas sociales bastante más relajadas, el país sufre las generales de la ley: un serio problema de distribución. Hay una parte importante de la población que no accede a alimentos que necesita para una nutrición razonable. Por eso la FAO decidió enfocar su mayor esfuerzo aquí en esta problemática.

En un informe, el brazo agropecuario de las Naciones Unidas comentó que “hace una década, distintos actores del sector público y privado comenzaron a trabajar articuladamente para entender cómo hacerle frente a este problema silencioso: las mermas de alimentos a lo largo de la toda la cadena productiva”.

Como se dijo, el diagnóstico inicial es grave, pues en los mercados mayoristas, toneladas de frutas y verduras se perdían cada día por falta de infraestructura, fallas logísticas o por no cumplir estándares estéticos. “Esos alimentos, que podrían haber nutrido familias o abastecidos comedores escolares, terminaban en residuos”, indicó la FAO.

El organismo internacional destacó entonces como un caso de éxito la creación del Tablero de Mermas y Sostenibilidad de Alimentos, una herramienta impulsada por la Red de Banco de Alimentos y el Plan Nacional de Reducción de Pérdidas y Desperdicio de Alimentos, con acompañamiento técnico de la FAO y el apoyo del gobierno nacional y provinciales, como también de universidades.

La iniciativa busca medir, visibilizar y transformar los datos en acción: saber dónde, cómo y por qué se perdían los alimentos era el primer paso para evitarlo.

“Los resultados ya son visibles. En varios mercados del país, las pérdidas de frutas y verduras se redujeron significativamente gracias a mejores prácticas de manipulación, acondicionamiento y redistribución de excedentes. En paralelo, más de un centenar de organizaciones sociales comenzaron a recibir alimentos recuperados y viandas”, destacó el informe.

“La concientización sobre la importancia de reducir las pérdidas y desperdicio de alimentos es de todos: desde el mercado productor, pasando por el transporte, y el consumo en casa, es decir, en los distintos eslabones de la cadena agroalimentaria. Por eso, el tablero es una herramienta innovadora y necesaria para la implementación de políticas más eficientes en la última milla, ahí cuando el producto llega al consumidor”, explicó Laura Escuder, una oficial de la FAO en Argentina.

“La participación en el Tablero de Mermas es clave para abordar el desperdicio alimentario desde una mirada colectiva. Medir nos permite entender dónde están las oportunidades de mejora y tomar decisiones basadas en datos. Compartir esta información con la industria y hasta con nuestros competidores demuestra que, cuando se trata de reducir pérdidas y cuidar los alimentos, el trabajo conjunto genera un impacto mucho mayor que cualquier esfuerzo individual”, agregó Maximiliano Bordon, gerente de Control de Pérdidas de Dia Argentina.

La implementación de estas exitosas tecnologías innovadoras, que involucran el esfuerzo de varios actores por adoptar medidas concretas para cuantificar y reducir las pérdidas y el desperdicio de alimentos, están cimentando el camino para ser replicadas en otros países.

Bichos de Campo

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