El grito del cincel en el corazón del monte No era un homenaje retórico. Era el reconocimiento de una verdad: Juan José Castelli no inventó su Bienal; la recibió como una herencia de quienes entendieron que el monte necesitaba su propia voz.
Por Lisandro Fernández
Antes del primer golpe
El Impenetrable llevaba décadas siendo nombrado por lo que era: humedal, reserva de biosfera, marea verde. Los mapas internacionales lo señalaban como territorio ecológico. Y lo es. Pero faltaba algo.
Faltaba que alguien dijera en voz alta: el Impenetrable también es territorio de arte.
El gesto fundacional (2013)
En 2013, dos hombres —el Dr. Fredy Lázara Valdez y Fabriciano Gómez— empezaron una conversación en Castelli que cambiaría la historia del monte. No era una conversación de funcionarios ni de curadores internacionales. Era una conversación entre quienes sabían que el arte no es un lujo de las capitales, sino una necesidad de los territorios que quieren nombrarse a sí mismos.
Fredy, médico cordobés radicado en Castelli, entendía el territorio desde adentro. Conocía cada rincón del Impenetrable y cada vecino de la ciudad. Construyó el Sanatorio Norte, la residencia geriátrica, el Hotel Portal del Impenetrable, el club de rugby Abipones. Era un hombre que construía comunidad con cada obra.
Fabriciano, hacedor cultural de Resistencia, lo entendía desde la experiencia de haber creado la Bienal Internacional de Escultura del Chaco. Llevó más de 35 años construyendo ese sueño en Resistencia. Transformó a su ciudad en la Capital Nacional de las Esculturas y la consolidó como la tercera bienal más importante del mundo. Trajo escultores de Japón, Turquía, Polonia, Alemania. Consolidó un circuito escultórico de más de 650 obras.
Juntos vieron lo que nadie más veía: la posibilidad de que el Impenetrable tuviera su propia voz escultórica.
Fredy lo recordaba así años después: “Nosotros lo que queríamos era hacer algo. Siempre con mi esposa Kuky, nos maravillamos con el fenómeno de la Bienal Internacional de Resistencia. Un día coincidimos con Fabriciano en un evento y lo charlamos. Y hoy estamos acá, aunque parezca mentira.”
No era ingenuidad. Era convicción: Castelli merecía su propia narrativa escultórica. Y Fabriciano – el hombre que había creado la Bienal del Chaco – confió en ese sueño desde el primer día.
La memoria fundacional de Fabriciano
Fabriciano recordaba algo que los demás olvidaron: todo empezó en una plaza.
En 1988, cuando todavía no existía la Fundación Urunday ni los premios internacionales ni el reconocimiento de UNESCO, hubo un Primer Concurso Nacional de Escultura en Madera en la Plaza Central de Resistencia. Ahí, frente a la gente común, sin infraestructura sofisticada, el arte nació como lo que siempre debió ser: un diálogo entre el artista y el territorio, y comenzó a transformar a la escultura en menos narcisista.
Con los años, Resistencia creció. Se convirtió en institución, en patrimonio, en referencia internacional. Y eso estaba bien; era necesario. Pero algo se perdió en el camino: la intimidad de la plaza.
Cuando Fredy y otros vecinos de Castelli lo invitaron a pensar en un encuentro de escultores en el Portal del Impenetrable, Fabriciano vio algo que los demás no veían: la posibilidad de volver al origen.
No para competir con lo que había construido en Resistencia. Sino para recordar por qué lo había construido.
El gesto fundacional
Fabriciano no mandó un representante. No envió un comunicado institucional. Vino él mismo. El hacedor cultural más grande de la provincia, el hombre que abría todas las puertas con solo su palabra, viajó a Castelli y se hizo mecenas del primer encuentro.
Y entonces hizo algo que pocos entendieron en ese momento: abrió el Impenetrable al arte. No con decretos ni presupuesto. Con su presencia. Con su palabra. Con la convicción de que el monte merecía su propia voz escultórica.
Ese gesto no salió en los diarios nacionales. No generó resoluciones ministeriales. Pero los escultores que llegaron ese primer año lo entendieron: estaban siendo llamados a un lugar donde el arte todavía tenía que ganarse su lugar metro a metro, cincel a cincel.
Respirar monte (2013-2020)
Durante siete años, Fabriciano hizo algo que nadie esperaba de un hombre con su trayectoria: se corrió del centro.
En Resistencia era el presidente de la Fundación Urunday, el artífice de todo, el alma mater —como lo llamaban—. En Castelli eligió ser otra cosa: el que acompaña sin protagonizar. El que asesora sin imponer. El que valida con su presencia, pero no coloniza con su nombre.
Fabriciano cuando viajaba a Castelli dejaba en la ruta el cansancio de la ciudad, mientras el aire ancestral del monte comenzaba a revitalizarlo con una energía nueva. Allí, donde el sol quema el rastro del esfuerzo, el hombre de gestión se despojaba de sus ropajes para recuperar su esencia de obrero.
No buscaba el pedestal, sino la harina y el horno de barro. Al cocinar el pan castellense y dibujar con los niños, Fabriciano regresaba a su infancia, a ese primer contacto con lo sagrado. En la plaza, su magisterio no era de teorías lejanas; era el saber del operario que entiende el lenguaje del palo santo y la herida del mármol. Disfrutaba acercarse a los escultores. Les ayudaba a dar los últimos golpes para que el bloque se cortara en limpio. Al poner el hombro en cada bloque pesado, legitimaba una verdad profunda: que el Impenetrable no era un rincón olvidado, sino el epicentro de su propia y épica narrativa universal.
Fabriciano respiró monte.
La construcción institucional: Fredy funda la base
En 2014, Fredy Lázara Valdez fundó la Fundación Amigos del Arte y Turismo de Castelli —la institución que daría forma legal y operativa al sueño—. Obtuvo la Personería Jurídica en diciembre de ese año.
Como su primer presidente, Fredy no solo gestionaba: trabajaba con sus propias manos en cada detalle. René Bertolucci —el diseñador gráfico que años más tarde lo sucedería en la presidencia y que vive en Castelli— ponía carteles, diseñaba logos. Yolanda Rausch —la arquitecta que también integraba la comisión— aportaba su visión del espacio.
Fredy era médico, pero en Castelli era mucho más: fundó el Sanatorio Norte, la residencia geriátrica, el club de rugby Abipones, el Hotel Portal del Impenetrable. Era un hombre que construía comunidad con cada obra. Y el encuentro de escultores fue su última gran obra.
Mientras Fabriciano validaba el encuentro con su red internacional y su experiencia en Resistencia, Fredy lo enraizaba al territorio con trabajo concreto, conocimiento local y pasión castellense.
Uno traía la visión. El otro, las manos.
Lo que Fabriciano entendió (y nadie más veía en ese momento)
Resistencia creció tanto que ya no podía ofrecer lo que ofreció en 1988: la experiencia de crear en una plaza, rodeado de vecinos curiosos, sin el peso de las instituciones internacionales respirando en la nuca del escultor.
Castelli podía ser eso. No porque fuera ‘más chico’ o ‘más simple’. Sino porque todavía estaba en el momento fundacional. En el momento donde el arte y el territorio se están conociendo, negociando, aprendiendo a respetarse.
2014: ‘Guardianes del Monte’
El segundo encuentro confirmó que no había sido casualidad. Fabriciano volvió. Fredy consolidó la fundación. Y trajeron con ellos la certeza de que esto no era un evento pintoresco. Era el nacimiento de algo que la provincia necesitaba: un espacio donde el arte pudiera volver a sus razones primeras.
Los primeros años: raíces locales, mirada al monte
Los primeros encuentros convocaron a escultores locales, provinciales, regionales y nacionales. Siempre con invitados de pueblos originarios. El palo santo fue la estrella de esos años: madera noble del monte, con vetas que contaban historias milenarias.
Desde el primer momento, la Fundación Urunday acompañó en la selección de artistas. Ese aval garantizaba la calidad de las obras que recibiría Castelli. No era un gesto menor: significaba que el Impenetrable merecía el mismo criterio curatorial que Resistencia.
Con el tiempo, Fabriciano comenzó a llevar algunos escultores de la Bienal del Chaco. Luego, a todos. Y entonces los encuentros de Castelli adoptaron un ritmo alternado: un año con artistas nacionales, otro año con los escultores internacionales de la Bienal del Chaco.
Esa alternancia consolidó algo crucial: Castelli no era un apéndice de Resistencia. Era un espacio con identidad propia que podía dialogar de igual a igual con el circuito internacional.
2015-2017: la construcción silenciosa
Año tras año, Fabriciano estuvo. No en los titulares —esos se los dejaba a Resistencia, como correspondía—. Estuvo en los detalles: consiguiendo contactos con escultores internacionales, gestionando que los mismos artistas que iban a Resistencia extendieran su viaje hacia Castelli, validando con su presencia que esto no era un ‘evento menor’ sino una continuación necesaria.
Año tras año, Fredy estuvo. Como presidente de la fundación, como médico que atendía a los escultores si se lastimaban, como vecino que los invitaba a su hotel, como castellense que les mostraba el monte con orgullo.
Los escultores del circuito internacional empezaron a entender: si Fabriciano – el hombre que había creado la Bienal del Chaco – dedicaba su tiempo a Castelli, era porque ahí pasaba algo que valía la pena. Y si Fredy – médico reconocido, gestor cultural, constructor de comunidad – ponía su energía en esto, era porque Castelli lo sentía como propio.
2017: La primera ausencia
El 15 de mayo de 2017, Fredy Lázara Valdez falleció a los 70 años. Su muerte causó una gran conmoción en Castelli. El hombre que fundó instituciones, que soñó con una bienal en la plaza, que trabajó incansablemente para que el Impenetrable tuviera su propia voz, se fue sin llegar a ver su sueño convertido en “bienal” oficial.
Pero la Fundación Amigos del Arte y Turismo que creó siguió en pie. René Bertolucci, que trabajó a su lado desde el principio, continuó el camino.
El legado sin los fundadores (2020-2024)
El destino impuso su propia pausa con la llegada de la pandemia, y poco después, el silencio definitivo. Fredy había partido en 2017; Fabriciano lo siguió unos años más tarde, dejando la plaza en una espera sagrada. Ninguno de los dos llegó a ver la palabra “Bienal” oficialmente reconocida en el mármol y la madera de la plaza que habían soñado juntos, pero su ausencia física fue el cimiento de lo que vendría.
En la inauguración de 2024 —cuando los Encuentros se convirtieron oficialmente en la Bienal del Impenetrable—, René Bertolucci, el diseñador gráfico que trabajó codo a codo con Fredy desde el principio y que ahora presidía la Fundación Amigos del Arte y Turismo, dijo algo que resume los once años anteriores: ”Hoy recordamos a dos personas muy importantes que soñaron y proyectaron una bienal en el centro de nuestra plaza: Fredy y Fabri, muchas gracias”.
No era un homenaje retórico. Era el reconocimiento de una verdad: Castelli no inventó su Bienal; la recibió como una herencia de quienes entendieron que el monte necesitaba su propia voz.
Y luego José Eidman, presidente de la Fundación Urunday —el hombre que Fabriciano formó desde niño para continuar su obra—, cerró con una frase que define lo que somos:
‘No hay ausencia si mantenemos vivos los sueños de los que partieron. Para Fabriciano, este encuentro fue uno de sus grandes sueños y ahora también es parte de su legado.’
2024: la Bienal sin los fundadores
Cuando en julio de 2024 se inauguró la primera Bienal del Impenetrable —ya no ‘encuentro’, sino bienal con todas las letras—, faltaban los hombres que habían iniciado todo once años antes.
Pero su gesto fundacional seguía respirando en cada decisión: la convicción de que el arte no es patrimonio de las capitales, que el Impenetrable no es solo paisaje sino también territorio creativo, que una plaza puede ser tan legítima como un museo para que nazca la belleza.
Fabriciano y Fredy no vivieron para ver este momento. Pero lo hicieron posible.
Porque entendieron algo que el mundo del arte suele olvidar: los territorios profundos no necesitan que les lleven el arte como quien lleva una donación. Necesitan que alguien confíe en que ellos también pueden ser origen.
Y ellos confiaron. Trabajaron sin prisa. Y respiraron monte hasta el final.
Los fundadores viven en la obra
trece años después de aquel primer encuentro en el Portal, la Bienal del Impenetrable no es más grande en número de visitantes que Resistencia. No tiene premios millonarios. No aspira a competir con su hermana mayor.
Pero tiene algo que ninguna resolución ministerial puede otorgar: la legitimidad de haber nacido del monte, no sobre él.
Fabriciano lo supo desde el principio. Por eso no trajo la Bienal del Chaco a Castelli. No trasplantó una institución. Ayudó a que naciera otra, con raíces propias, con ritmo propio, con verdad propia.
Y Fredy —médico, gestor cultural, constructor de comunidad— fue quien materializó esas raíces. Fabriciano trajo la mirada internacional. Fredy fundó la institución que la sostendría. Fabriciano aportaba la experiencia de Resistencia. Fredy conocía cada rincón del Impenetrable y cada vecino de Castelli.
En 2014, Fredy le dio forma legal al sueño creando la Fundación Amigos del Arte y Turismo. En 2017, se fue. Pero la fundación que creó sigue sosteniendo el sueño que Fabriciano confió a Castelli.
Hoy, René Bertolucci – el diseñador gráfico que trabajó con ambos desde el primer día – preside esa misma fundación, junto a Yolanda Rausch —la arquitecta que también estuvo desde el origen— y todo un equipo que mantiene vivo el sueño. Y en cada edición, se invocan sus nombres: Fredy y Fabri. Los dos soñadores que entendieron que el Impenetrable merecía su propia voz.
El Impenetrable ya no es solo el humedal que aparece en los mapas ecológicos internacionales.
Es territorio de arte. Es monte que respira escultura. Es plaza donde el quebracho y el cincel se reconocen como hermanos.
Y eso no lo hizo una resolución de gobierno ni un presupuesto millonario.
Lo hicieron dos hombres que confiaron en que el monte merecía su propia voz y trabajaron para que eso fuera posible.
La Fundación que sostiene el sueño
La Fundación Amigos del Arte y Turismo nació en 2013 impulsada por un grupo de ciudadanos con una visión clara: el arte y la historia son los pilares de la identidad de un pueblo. Su misión es rescatar el patrimonio histórico-cultural de Juan José Castelli y promover el arte regional como motor de desarrollo social y turístico; su visión, consolidar a la Puerta del Impenetrable como referente cultural nacional e internacional.
Bajo la guía de Fabriciano Gómez, la Fundación asumió en 2014 el desafío de recuperar el edificio de la Ex Escuela Nacional N° 255, el primer establecimiento escolar de la ciudad, que se encontraba en estado de abandono. El 14 de abril de 2015, el Consejo Municipal lo declaró Patrimonio Histórico mediante la Declaración 006/15. Ese mismo año se formalizó el comodato con el Municipio, convirtiendo el edificio en sede viva de la institución y espacio de exposición permanente.
La Fundación fue presidida desde su origen por el Dr. Alfredo Lucio Lázara Valdez —Fredy—, su alma mater, hasta su fallecimiento el 15 de mayo de 2017. Lo sucedió René Federico Bertolucci, diseñador gráfico y emprendedor, quien había trabajado junto a Fredy desde el primer día y quien preside la institución hasta hoy. La comisión directiva la integran también la Arq. Yolanda Rausch – responsable del proyecto técnico de restauración del edificio -, la Prof. Elena Beatríz Díaz, el Dr. Jorge Kleisinger y la Prof. Marisa Santa María, todos con arraigo y trayectoria en la comunidad castelense.
