La supercomputadora donada a la Universidad Nacional de Córdoba triplicó su capacidad de cálculo y permitirá ampliar proyectos en astronomía, química e ingeniería. El equipo fue ensamblado por científicos y técnicos de la UNC y ya está operativo
Una montaña de cajas llegó a Córdoba desde Suiza. Adentro había casi cuatro toneladas de equipamiento que alguna vez funcionó en uno de los principales centros científicos de Europa. Un mes después, ese rompecabezas tecnológico volvió a encenderse. Se llama Helvetios y triplicó la capacidad de cómputo de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
La supercomputadora fue donada por la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL) y será inaugurada este lunes en Córdoba. El equipo permitirá ampliar simulaciones científicas y sostener nuevos proyectos en áreas como astronomía, química e ingeniería.
La llegada ocurre mientras las universidades argentinas enfrentan un escenario de ajuste presupuestario. El proyecto de Presupuesto 2027 del Gobierno de Javier Milei contempla 33% menos fondos de los que las universidades reclaman para funcionar el próximo año.
Helvetios, la supercomputadora que llegó a Córdoba
Helvetios no es una computadora gigante en el sentido tradicional. Es un clúster formado por cientos de computadoras conectadas entre sí para trabajar como un único sistema.
El equipo reúne 288 nodos de cómputo y más de 10.000 núcleos de procesamiento. Su capacidad máxima teórica alcanza los 763 billones de operaciones por segundo, de acuerdo con datos de la EPFL.
El rendimiento real depende del programa utilizado y de la capacidad del software para distribuir las tareas entre las distintas máquinas.
“Helvetios es muchísima RAM en muchas computadoras, conectada por una red de altísima velocidad”, explica Nicolás Wolovick, doctor en Ciencias de la Computación y director de UNC Supercómputo.
El sistema suma más de 50 terabytes de memoria RAM. Wolovick estima que solo ese componente tiene un valor cercano a los USD 170.000.
Los procesadores pertenecen a una generación de fines de 2017. Sin embargo, la utilidad del equipo está en la cantidad de recursos que concentra y en la velocidad con la que puede intercambiar información entre sus nodos.
La diferencia es clave para determinadas investigaciones. Las CPU pueden resolver una gran variedad de tareas científicas. Las GPU, en cambio, están diseñadas para ejecutar muchas operaciones en paralelo y tienen un papel central en áreas como inteligencia artificial.
“Todavía existen muchos problemas científicos que no aprovechan eficientemente las GPU y requieren un uso intensivo de CPU”, explica Dante Paz, investigador del Instituto de Astronomía Teórica y Experimental (IATE) de la UNC y el Conicet.
Por eso, Helvetios permite ampliar una capacidad que los científicos ya utilizan. No se trata solamente de tener una máquina más potente, sino de disponer de más horas de cálculo para investigaciones que ya tienen programas preparados para este tipo de arquitectura.
Para qué se usará Helvetios
Uno de los campos que podrá aprovechar el nuevo equipo es la astronomía. Paz trabaja con simulaciones cosmológicas que permiten estudiar mediante cálculos cómo evoluciona el universo.
En esas simulaciones, la gravedad conecta objetos y estructuras que se encuentran a distancias muy diferentes. Muchos de los programas utilizados para representar esas interacciones todavía dependen de procesadores CPU como los que concentra Helvetios.
La nueva capacidad permitirá aumentar el tamaño y el nivel de detalle de esas simulaciones.
“Gracias a Helvetios, hoy tenemos tres veces más capacidad que ayer. Eso significa que podemos sostener más tesis doctorales, desarrollar más proyectos y realizar simulaciones de mayor tamaño y mejor resolución”, resume Paz.
El equipo también podrá utilizarse para investigaciones vinculadas con diseño de fármacos, ingeniería y simulaciones cosmológicas, según explicó Andrea Semadeni, embajador suizo en Argentina.
La capacidad de cálculo resulta importante para problemas que una computadora convencional tardaría demasiado tiempo en resolver. Una supercomputadora divide el trabajo entre múltiples procesadores y después reúne los resultados.
En términos simples, una investigación que antes debía esperar largos períodos para obtener un resultado puede utilizar una infraestructura de mayor escala y liberar recursos para nuevos proyectos.
De Suiza a Argentina
La historia de Helvetios en Córdoba comenzó mucho antes de que llegara la primera caja.
Antonio Russo trabajó entre 2015 y 2017 en el centro de supercómputo de la UNC. Actualmente integra la EPFL, en Suiza. Cuando la institución europea decidió reemplazar el equipo, recordó al grupo cordobés.
“Yo conocía al equipo de UNC Supercómputo, sabía cómo trabajan y sabía que técnicamente estaban en condiciones de agarrar ese rompecabezas enorme y hacerlo funcionar”, cuenta Russo.
“La máquina dejó de tener sentido para nosotros en EPFL, pero eso no quería decir que hubiera dejado de ser útil. El desafío era encontrar un lugar donde realmente pudiera tener una segunda vida”, explica Russo.
Así comenzó el traslado hacia Argentina. El equipamiento viajó en ocho cajas, con un peso total cercano a las cuatro toneladas, y llegó por vía marítima a Córdoba. Después comenzó otra etapa: ensamblar las máquinas, conectarlas, configurar el sistema y ponerlo a trabajar.
El equipo de UNC Supercómputo logró completar el proceso en aproximadamente un mes. “Llegó una montaña de cajas a Córdoba y al poco tiempo Helvetios estaba nuevamente encendido y corriendo trabajos de simulación”, recuerda Russo.
Para Wolovick, la experiencia no fue completamente nueva. El grupo cordobés ya tenía experiencia en armar sistemas a partir de componentes y reutilizar hardware para ampliar los recursos disponibles. “Sabemos gestionar equipos. Jamás compramos una llave en mano”, sostiene. La diferencia esta vez fue la escala.
El límite de las supercomputadoras
La llegada de Helvetios no resuelve por sí sola la falta de capacidad de cómputo de los centros científicos argentinos.
Wolovick sostiene que existe una demanda que supera los recursos disponibles. La incorporación de Clementina XXI, instalada en el Servicio Meteorológico Nacional, tampoco eliminó las necesidades de otros centros de investigación.
“La llegada del TOP500 Clementina XXI que está en SMN no cambió en nada el cómputo que se hace en Córdoba, ni en Santa Fe, ni en Rosario”, afirma.
La explicación está en la cantidad de investigaciones que esperan horas de procesamiento. “Ahora tenemos Helvetios, pero necesitamos más”, agrega Wolovick.
A eso se suma un problema estructural: la tecnología envejece rápidamente. Paz calcula que una supercomputadora tiene una vida útil competitiva de aproximadamente cinco años. En países con menor capacidad de inversión, ese período puede extenderse a seis o siete años.
Después todavía puede servir para hacer ciencia. El problema es que queda cada vez más lejos de las prestaciones de los sistemas de última generación. “Para eso necesitamos una inversión genuina, sostenida y previsible del país, tanto del Estado como del sector privado”, plantea Paz.
El investigador también destaca la importancia de contar con equipos técnicos capaces de administrar y mantener la infraestructura. El costo no termina cuando llega la máquina. Una supercomputadora necesita electricidad, refrigeración, espacio físico, conectividad y profesionales especializados.
Wolovick advierte que un sistema que consume 100 kilovatios también genera una cantidad de calor que requiere refrigeración a una escala similar. Las obras necesarias pueden ser costosas y retrasar la puesta en funcionamiento.
Bae Negocios
