Al cierre de esta, como de las anteriores últimas ediciones, este redactor reitera que ya es evidente y obvio que, una vez más, gran parte de las dirigencias políticas argentinas no distinguen – porque lo niegan, como niegan tantas veces la realidad, o porque la distorsionan – algo que ahora es muy posible que acontezca y casi seguramente se les vendrá encima.
Por Mempo Giardinelli
Esa posible avalancha – de concretarse – es hoy, al cierre de esta nota, sólo una posibilidad más, tan importante como dudosa y tan perfectible como urgente. Pero si en efecto acontece, cuando acontezca será en pleno carnaval de mentiras electorales y promesas falsas, y en medio del más activo hartazgo popular frente a la cruda realidad, que en estos días y al cierre de esta nota es lo que más crece en este país desesperado y harto de su propio hartazgo, ahora inducido desde el poder más irresponsable que se recuerde en la historia política argentina.
El aumento tormentoso de la pobreza, la salud pública en desesperante retroceso, la justificadísima rebelión de las juventudes universitarias y la bronca cotidiana que imponen los pésimos sistemas de transporte cada vez más caros y la constante falsedad informativa que abruma a la ciudadanía, hoy son de hecho factores que se conjugan tortuosamente para atormentar a los millones de compatriotas que componen la ciudadanía trabajadora, que no da más, y cada día se nota más claro, así como a miles –quizás ya millones– de nuevos pobres y desesperados que padecen sus vidas, angustias y frustraciones no solamente en la capital del país, sino en todas y cada una de las provincias de esta Patria Nuestra sometida al más bestial desguace.
De ahí, de esa brutal y vertiginosa descomposición de la política, el trabajo, la solidaridad y la ilusión de la ciudadanía, es de donde emergen las palabras. Ya no de la política, sino del pueblo mismo, o sea, la masa laburante que, como dije, no da más. Y que no soporta ni siquiera los penosos sonidos y promesas que se está llevando, como maldito corolario, el viento de la historia de este tiempo ardiente.
Es por eso que al cierre de esta nota este cronista no puede sino espantarse ante las mentiras gubernamentales, como ante la retórica mentirosa de las dirigencias fallutas que, encima, son incapaces de aliviar o siquiera ilusionar con sinceridad a los millones de argentinos y argentinas de todas las escalas sociales y especialmente de las más bajas, las de esas personas, esos seres, esos desgraciados de toda gracia que son los que ya no tienen familias ni casas, es decir esos tantos compatriotas que carecen prácticamente de todo.
Pero además y encima y para colmo un TODO con mayúsculas, porque en nuestro amado pero ya sistemáticamente violado y abusado país, hoy ya no hay ciudad ni pueblo ni barrio en el que las y los pobladores puedan realmente subsistir con los mínimos ingresos que en la ardorosa Argentina actual se necesitan para tener y asegurarse, por lo menos, vidas dignas. Con laburo bien pagado y escolaridad gratuita de calidad; y con la esperanza de una mejora como emblema y con la seguridad de que lo bueno vale, lo malo se castiga y la verdad no es cuento.
Este columnista es consciente de que todo lo dicho-escrito hasta este renglón es –por decir lo menos– dramático. Pero también debe decir y reconocer que, así como es infame la condena de padecer dirigencias viles en la tierra más rica y hermosa del planeta entero, es también enfurecedor que millones de compatriotas honrados y decentes deban padecer esa especie de borrador de la Pasión de Cristo.
Y encima tener que escribir todo esto nada menos que en la República Argentina actual, esta patria adolorida y rabiosa donde entre 40 y 50 millones de seres humanos sobreviven y putean a diario ante la degradación evidente de la vida cotidiana, todo negado y falseado por dirigencias repugnantes y muy mayoritariamente corruptas.
Publicado en Página 12
