La reciente caída de tensión en Corrientes y los apagones que afectaron al Nordeste argentino y Paraguay exponen la fragilidad estructural del sistema eléctrico regional. Sin modernización de la infraestructura, pensar en movilidad eléctrica masiva o en una transición energética acelerada es técnicamente inviable.

Por el Ing. José Sesma*

La caída abrupta de tensión registrada en Corrientes, con cortes que afectaron a la mayoría de sus ciudades, y los apagones que impactaron al Nordeste argentino -Corrientes, Chaco y Formosa – y a gran parte del Paraguay, no son hechos aislados. Son la consecuencia directa de un sistema interconectado exigido al límite.

Una falla en la línea de 500 kV que vincula la Central Hidroeléctrica Itaipú con la subestación Iguazú provocó un efecto en cascada. El desprendimiento de un conductor activó las protecciones automáticas, afectando el suministro en Asunción y en gran parte del territorio paraguayo.

Ante la caída de Itaipú, la ANDE intentó suplir la demanda incrementando la toma de energía desde la Central Hidroeléctrica Yacyretá. Esta maniobra generó una fuerte perturbación en el sistema eléctrico, una baja abrupta en la toma de carga y el desenganche automático de siete grupos generadores.

El resultado fue inestabilidad, caída de tensión y cortes de energía que trascendieron fronteras. Con temperaturas superiores a 40°C y líneas operando en condiciones extremas, el sistema mostró su debilidad estructural.

Esto vuelve a demostrar la fragilidad del sistema eléctrico interconectado regional, altamente dependiente del funcionamiento continuo de sus principales corredores de transmisión en alta tensión. Una falla en uno de estos nodos críticos puede desencadenar efectos en cascada que afectan a millones de usuarios.

Pero hay algo aún más profundo. Esta fragilidad estructural pone en jaque la posibilidad de pensar seriamente en una movilidad eléctrica masiva. Con redes saturadas, infraestructura insuficiente y eventos recurrentes de baja tensión, pretender electrificar el parque automotor en estas condiciones es, simplemente, inviable.

Antes de proyectar nuevas demandas sobre el sistema, es imprescindible modernizar el sistema interconectado, ampliar las líneas de 500 kV, robustecer las estaciones transformadoras y sus sistemas de protección – tanto de estación como de línea – incorporando bancos de inductores y capacitores para mejorar la estabilidad, evitar los fuertes cimbronazos eléctricos y las salidas masivas del sistema, y fortalecer integralmente el sistema de transporte y distribución de la energía.

Solo así podremos hablar de transición energética con seriedad.

Mientras tanto, en materia de transporte logístico y particular, debemos apoyarnos en lo que Argentina posee en abundancia: Gas Natural. El uso de GNC y GNL constituye hoy una alternativa técnica, económica y estratégica más realista, que permite reducir costos y emisiones sin tensionar aún más un sistema eléctrico vulnerable.

Y a este escenario se suma un nuevo factor que no puede ignorarse: la Inteligencia Artificial, gran consumidora de energía. Centros de datos, procesamiento masivo e infraestructura digital incrementarán exponencialmente la demanda eléctrica.

Sin planificación, la presión sobre el sistema será cada vez mayor.
Sin energía confiable no hay desarrollo.
Sin infraestructura, no hay transición posible.
Y con la IA multiplicando la demanda, la crisis no será futura: será permanente.
Es tiempo de reaccionar.
Gobernar es anticipar.
La energía no puede esperar.

(*) Especialista en infraestructura energética, energías Renovables y gas.

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