En un show de casi dos horas, el autor rosarino conquistó a grandes y chicos con un repertorio que recorrió su vida artística.

Fito Páez cerró una semana intensa marcada por cuatro presentaciones en Rosario en tan sólo seis días y, como no podía ser de otra manera, lo hizo a lo grande: miles de rosarinos se apropiaron del Monumento a la Bandera y cantaron al unísono sus canciones.

A las 19.45, hora en la que estaba previsto el comienzo del show, el público se empezó a impacientar. Muchos ya se habían parado y estaban esperando, con ansias, escuchar el primer acorde para comenzar a saltar, gritar, emocionarse. Otros, un poco más atrás, disfrutaban del picnic que se armó a lo largo de la tarde: lonitas, reposeras, mates que circulaban en rondas enormes de amigos o en un mano a mano con charlas pendientes. Familias, muchas. Chicos disfrazados, con glitter, coronitas de princesa, monopatines. Los adultos emocionados por estar a punto de ver una vez más a su ídolo contagiaban a los más chicos, dando pie al comienzo de nuevas generaciones amantes de Páez.

Y Fito Páez salió

Pasadas las 20, las luces se apagaron, las pantallas que rodeaban el escenario se pusieron en negro, la ansiedad trepó aún más, el calor agobiante dejó de importar y salió Fito. Sin mucho preámbulo, se sentó en el piano y comenzó “Tema de Piluso”, un verdadero canto a Rosario. Y los fanáticos respondieron al llamado de la identidad local. Sonrisas, saltos, gente trepada a estatuas y árboles. Otros cantaron tirados en el pasto, descalzos con los ojos cerrados. Cada uno lo disfrutó a su manera.

Después, siguió un repertorio que recorrió la vida artística del rosarino: “Hazte fama” (del disco “Tercer Mundo”), “Lejos de Berlín” (de “Ey”) y “Tráfico por Katmandú” (de “El amor después del amor”).

Un mar de gente

Desde el gobierno provincial aseguraron que más de 300 mil personas se encontraban en el Monumento cuando Fito comenzó a tocar. Lo cierto es que la cantidad de gente era lo que se comentaba entre los vendedores ambulantes, los puestos de comida y los agentes de seguridad. Se sabía que iba a ser masivo pero cuando algo reúne a tantos siempre sorprende.

Hasta el público estaba asombrado. Un grupo de chicos hacía cuentas con calculadora en mano para saber cuántos rosarinos aprovecharon el recital gratuito.

La temperatura no fue un aliado de la jornada. El calor y las miles de almas pegadas intentando ver un pedacito de escenario bloqueaba el aire que, un poco más allá, aliviaba a los que decidieron quedarse en el picnic y escuchar a Páez de fondo. “No hay oxígeno”, decía uno mientras tomaba agua cerca del puesto sanitario por las dudas de que el calor le jugara una mala pasada.

Canciones que enamoran

Fito tocó un repertorio amplio. Los clásicos no faltaron: “11 y 6” emocionó como es costumbre, “Yo vengo a ofrecer mi corazón” bajó la energía y espesó el ambiente, y “Fue amor” hizo sonreír con nostalgia a más de uno.

Pero también aparecieron temas que no suelen ser tan comunes en los conciertos de Páez: “Lo que el viento nunca se llevó” y “Tus regalos deberían de llegar” se hicieron presentes.

Eso sí: las canciones fueron una tras otra y sin respiro. Fito casi no se detuvo a hablarle a su ciudad y se enfocó en regalarle una seguidilla de temas para hacerla navegar por distintas épocas y sentimientos. Algunos comentaron que lo vieron apagado, otros aceptaron el viaje y se dejaron llevar por la música.

Lo que es innegable es que Páez, después de décadas y una carrera plagada de éxitos, convocó una vez más al pueblo rosarino y este respondió con la misma lealtad de siempre.

Al lado del río Paraná, en la ciudad que lo parió y lo vio crecer, Fito unió a generaciones distintas, y logró que chicos y grandes cantaran, todos a la vez, sus canciones.

La Capital

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