En marzo 2016, para el 40° aniversario del golpe, la periodista e historiadora María Seoane escribió – y Caras y Caretas lo republica diez años después considerando la vigencia de ese análisis – un editorial revelador. Este texto fue el editorial de la revista y su rescate evidencia una tendencia que fue en aumento y pasó, en diez años, de una marginalidad provocadora al centro de la escena.
“Es conocida en el mundo la tendencia negacionista sobre el Holocausto, sobre los crímenes del nazismo contra los judíos. Cada tanto, el negacionismo, que tiene mala prensa pero es pertinaz en su desatino, se genera desde las usinas vinculadas con movimientos antidemocráticos: fue, es y será la actitud de las derechas para avanzar sobre la refutación de sus propios crímenes cuando les tocó asaltar el poder y gobernar, o de los crímenes de sus inspiradores ideológicos.
Como la sangre es indeleble y no es posible negar la magnitud de crímenes de Estado, como los de la dictadura militar argentina a partir de 1976, los defensores ideológicos de la prosapia oligárquica argentina, que los militares encarnaron por práctica y plan económico favorable a esa elite, intentan negar las prácticas de la memoria sobre el pasado y remitirlas a un uso político por parte del gobierno de Néstor y Cristina Kirchner (2003-2015).
Los negacionistas argentinos – periodistas, intelectuales y algunos funcionarios del actual gobierno de derecha de Mauricio Macri – en verdad quieren negar algo más que los crímenes; quieren barrer la memoria histórica de por qué se cometieron y sus consecuencias sociales y políticas. Porque corrido el velo de los asesinatos, torturas, robo de bebés, secuestros y robos producidos por los militares, anidan los beneficiarios directos de ese modelo de “guerra sucia”, el interés económico que los favoreció y que remite a los dueños del poder económico nacional y transnacional pasado y actual.
La parábola del no
Los negacionistas argentinos suelen usar diversos argumentos. El más común es el de cuestionar el número víctimas al decir que no hubo 30.000 desaparecidos. En un exceso de literalidad muchos limitan la cantidad a 8.900, el número incluido en el Nunca Más, editado en 1984. El número 30.000 no es específico, ni tampoco pretende serlo.
Es solo estimativo y se basa, entre otras cosas, en un informe de inteligencia del batallón 601 de 1978 y del CELS en 1982, pero cuarenta años después el trabajo de los organismos humanitarios elevó esa cifra a casi el doble. Por lo tanto, el negacionismo basado en la precisión numérica es el más ineficaz para cuestionar las políticas de memoria.
Otro argumento es el de emparentar los crímenes de la dictadura con los producidos por la guerrilla en aras de una “memoria completa”, y negar así el carácter de víctimas de los desaparecidos. Esto ignora que como establece nuestra historia política, hacia 1975 la guerrilla, constituida por civiles armados, estaba en vías de extinción, que la dictadura tuvo como leit motiv central reprimir al movimiento obrero – tal como se ratifica en el informe de la Conadep: el 56 por ciento de las víctimas eran obreros, delegados obreros –. Y que cuando se habla en toda la legislación nacional e internacional de delitos de lesa humanidad ellos se refieren a aquellos producidos por los Estados, que tienen el monopolio de la fuerza y del ejercicio de la ley.
Los negacionistas argentinos intentan minimizar o directamente negar que el verdadero motivo de la llegada de la dictadura no fue exterminar a la guerrilla marxista y peronista, sino que la dictadura tuvo un plan sistemático de exterminio de los opositores, montó un régimen ilegal y clandestino de asesinatos, secuestros y robo de bebés, sostenido en el tiempo por un Estado cuyo objetivo central fue el reformateo económico social de la Argentina.
La brutal transferencia de ingresos de los asalariados a los más ricos; el endeudamiento externo y el ingreso desaforado de la Argentina a la transnacionalización financiera. Los negacionistas encubren, en definitiva, el interés en defender a los beneficiarios económicos del plan dictatorial: la gran burguesía agroexportadora, las empresas transnacionales y el capital financiero internacional.
Según el gran lingüista Tzvetan Todorov, la memoria promueve no solo la justicia sino la verdad y la ejemplaridad. El subsuelo de esta conducta de los negacionistas argentinos es la búsqueda de impunidad entendida no como la ausencia de castigo a los criminales sino como un revisionismo histórico que los justifique.
Algo más, la resistencia a que grandes empresarios argentinos sean juzgados explica el regreso del negacionismo criollo en momentos en que, a partir del triunfo de Macri, llegaron al poder con sus gerentes de empresa – los CEO- inaugurando la ceocracia como forma de gobierno, que requiere por lo tanto un barrido de la memoria de sus complicidades civiles con la mayor tragedia argentina.
El negacionismo actual es una autodefensa de quienes están en el poder. De quienes se oponen a que la Justicia llegue a los empresarios y civiles que se beneficiaron entonces y ahora de las políticas económicas depredadoras del Estado y de los derechos laborales, civiles y políticos de las mayorías. Con dictaduras militares o con votos, la ecuación es la misma: olvidar para la impunidad”.
Caras y Caretas 2016/María Seoane
