El Gobierno nacional exhibe el crecimiento del PBI como prueba del éxito, pero cada vez menos sectores participan de esa recuperación. Agro, minería y energía crecen; industria, comercio y construcción caen
Por Mara Pedrazzoli
El Gobierno exhibe el crecimiento del PBI como prueba del éxito de su programa económico, pero cada vez menos sectores participan de esa recuperación. Las ramas vinculadas al petróleo, la minería y el agro expanden sus exportaciones, como relató el presidente Milei en La Rural, donde prometió distribuir la ganancia de esos sectores entre los mismos sectores: “Los ingresos por minería y energía van a permitir eliminar las retenciones”, aseguró. Mientras en la industria, el comercio y la construcción se siguen destruyendo empresas y empleo.
El diagnóstico del think tank Fundar basa su argumento en que la política económica desatiende los encadenamientos productivos más dinámicos, profundizando una economía de perfil cada vez más extractivo. El resultado se asemeja al de países como Chile o Perú, donde los recursos naturales conviven con una fuerte fragmentación productiva y social, antes que al de las economías nórdicas con las que suele compararse Milei, cuyo desarrollo se apoyó en políticas industriales activas para agregar conocimiento, tecnología y valor a esos recursos.
En lugar de impulsar una mayor integración económica, el Gobierno renuncia a construir los puentes que permitirían transformar el boom exportador en desarrollo productivo. Para Fundar, aun si Argentina lograra multiplicar sus exportaciones de recursos naturales en la próxima década, seguiría muy lejos, en términos de ingreso por habitante, de economías como Noruega, Australia o Canadá. La diferencia decisiva radica no solo en la abundancia de recursos, sino en la estructura productiva que se construye a su alrededor.
La política del oficialismo se concentra en potenciar los sectores exportadores mediante beneficios fiscales, desregulación y rebajas de retenciones, mientras desatiende la creación de proveedores locales, el desarrollo científico-tecnológico y los mecanismos que permitan distribuir ese dinamismo hacia el resto de la economía. Al mismo tiempo, la contracción del mercado interno debilita a la industria y a las pymes de servicios.
Exportar más no alcanza
Desde Fundar sostienen que el modelo económico de Javier Milei no configura una economía que avanza a distintas velocidades, sino una estructura productiva escindida entre ganadores y perdedores. Por un lado, se expanden actividades como la minería, el petróleo, el agro y la intermediación financiera; por el otro, continúan en retroceso sectores intensivos en empleo y orientados al mercado interno, como la industria, el comercio y la construcción.
Los últimos datos del Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) del Indec reflejan esa fragmentación: en abril, apenas 7 de los 15 sectores relevados crecieron en términos interanuales, mientras los 8 restantes registraron caídas.
Esta fragmentación da lugar a lo que Guido Zack y Daniel Schteingart denominan un “crecimiento asintomático”: una economía que acumula dos años consecutivos de expansión – algo que no ocurría desde el rebote pospandemia y, antes de eso, desde 2010-2011-, pero sin que aparezcan los indicadores que habitualmente acompañan un ciclo de crecimiento.
Lejos de mejorar, retroceden la inversión, el consumo masivo, las importaciones, el empleo formal, los salarios, la cantidad de empresas y la recaudación en términos reales. A la vez, empeoran indicadores sociales y laborales como la informalidad, el desempleo, la pobreza y la morosidad de las familias.
La economía que está configurando el gobierno de La Libertad Avanza se asemeja cada vez más a la de varios países latinoamericanos caracterizados por una marcada fragmentación productiva y social. Esta “heterogeneidad productiva” no es un fenómeno nuevo en la Argentina, aunque en la actualidad muestra signos de profundización. Desde el oficialismo suelen apelar a dos conceptos de la teoría económica para explicar esa divergencia entre un PBI que crece y los indicadores sociales y laborales que se deterioran: la destrucción creativa y la enfermedad holandesa.
En el primer caso, refiere al proceso por el cual las empresas menos eficientes desaparecen y son reemplazadas por otras más innovadoras y productivas, elevando la productividad de la economía en su conjunto. Sin embargo, los investigadores del estudio sostienen que ese proceso no se verifica en la actualidad: “No hay destrucción creativa, sino destrucción a secas”.
Desde noviembre de 2023 cerraron, en términos netos, 28.262 empresas, sin que surgieran nuevas firmas capaces de compensar esa pérdida. El dinamismo en la energía y la minería no alcanza para revertir el deterioro del tejido empresarial ni la destrucción de empleo en otras industrias y los servicios.
Conocido como enfermedad holandesa, el segundo fenómeno describe las dificultades que enfrentan otras actividades productivas cuando un boom exportador de recursos naturales aprecia el tipo de cambio y resta competitividad a la industria y al resto de los sectores transables. Si bien el petróleo y la minería explican buena parte del crecimiento de las exportaciones argentinas, Fundar advierte que ese ingreso de divisas todavía no se traduce en un mayor dinamismo del mercado interno ni en un proceso de expansión generalizado.
Recursos naturales sin desarrollo
Las industrias extractivas basadas en recursos naturales —como el agro, la minería y la energía— funcionan como una “locomotora de dólares” que avanza sin arrastrar al resto de la economía. El reporte describe así el desempeño de los sectores más dinámicos del modelo: generan divisas, pero con escasos encadenamientos productivos sobre la industria y los servicios locales.
Una economía de enclave resulta de esta lógica predominante, que se radicaliza con la gestión libertaria: la expansión de actividades como Vaca Muerta, por ejemplo, no se traduce en una red sólida de proveedores nacionales ni en un efecto multiplicador sobre el empleo y la producción.
En ese marco, la publicación cuestiona también el diseño del Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (RIGI):
- Porque otorga beneficios extraordinarios a sectores – como el litio y el upstream petrolero – que ya mostraban capacidad de atraer inversiones.
- Exige un compromiso muy limitado con el desarrollo local: los proyectos deben destinar apenas el 20 por ciento de la inversión a proveedores nacionales de bienes y servicios. Tampoco incorpora incentivos significativos para la investigación, el desarrollo tecnológico o la innovación ambiental.
Para los investigadores, esa desconexión no es inevitable. A diferencia de otros países de la región que también atraviesan un boom de recursos naturales, por decir Guyana, Argentina cuenta con una base industrial y de servicios capaz de abastecer a esos nuevos sectores. El desafío consiste en aprovechar esa capacidad instalada para fortalecer los encadenamientos productivos.
Al mismo tiempo, advierten que la estrategia tampoco puede consistir en proteger indefinidamente a las actividades menos competitivas.
La política industrial, argumentan, debe fortalecer a los proveedores locales y elevar su productividad, sin convertirlos en sectores dependientes de subsidios permanentes o de protecciones que terminen afectando la competitividad de la propia economía.
El desafío es lograr que la locomotora impulse nuevos vagones y al mismo tiempo que los vagones no fundan a la locomotora.
Publicada en Página 12
