Hace más de un cuarto de siglo, mientras la Argentina tenía la tasa de deforestación más elevada del mundo (tendencia que se detuvo recién en 2007, con la Ley de Bosques), algunos notables de la agricultura, como el CEO de Nidera, Eduardo Leguizamón o el editor de Clarín Rural. Héctor Huergo, discutían con vehemencia que ése era el camino, pues el avance del agro generaría desarrollo y trabajo para las poblaciones campesinas de nuestras regiones.

Ahora, mucho tiempo después, un trabajo realizado por investigadores de la Facultad de Agronomía y el Conicet retoma ese debate, luego de evaluar “los impactos de la deforestación en 400 comunidades indígenas de Salta”, según informó el medio de divulgación universitaria Sobre la Tierra.

¿En serio el avance de la frontera agropecuaria trajo desarrollo a esas comunidades?

Responder eso es la pregunta del millón. Pero tristemente esta investigación permite una primera aproximación a una respuesta: el modelo no derramó como se esperaba.

“Los resultados son contundentes: entre el 2001 y 2021, en promedio, (esas 400 comunidades) perdieron el 20% de los bosques que usan para conseguir agua, alimentos y otros recursos vitales. Algunos pueblos originarios vieron cómo se redujo hasta el 50% del principal sostén de sus vidas”, dice el informe de la Fauba que contradijo aquellos vaticinios sobre el progreso y la integración laboral que llevaría la soja transgénica a Salta.

Todos estos años, “la agricultura avanzó sobre áreas donde viven más de 300 mil personas que pertenecen a comunidades indígenas de 30 etnias diferentes”, contó María Vallejos, investigadora de la Fauba y el Conicet dentro del instituto IFEVA.

María agregó que los bosques “representan el principal medio de subsistencia para esas comunidades. Obtienen agua, alimentos y materiales para construir viviendas y elaborar artesanías. Además, son centrales en su cosmovisión. Por eso, para conservar los bosques es clave la presencia de los pueblos originarios. Sin embargo, el avance de la agricultura les deja áreas boscosas cada vez más chicas y degradadas”, agregó.

Vallejos, junto con especialistas de diferentes instituciones, evaluó la deforestación que se dio entre 2001 y 2021, y su impacto sobre esas 400 comunidades indígenas en el Chaco Seco de la provincia de Salta. “En particular, le quisimos poner números a la pérdida de bosque y, sobre todo, a cómo se limitó el acceso a los recursos vitales a estas miles de personas. Para eso, combinamos mapeos participativos y análisis satelitales”.

La conclusión fue que en promedio por la expansión de la frontera agropecuaria desapareció una quinta parte de los bosques que usaban los pueblos de la región. “Estas cifras son mucho mayores en algunos departamentos. El 15% de las comunidades perdió más de la mitad de su base forestal”, añadió la investigadora.

Esa pérdida de bosques provocó alteraciones en la vida de las comunidades indígenas locales y les dificulta cada vez más conseguir agua, alimentos o leña. “Tienen que recorrer, en promedio 8 kilómetros para recolectar determinadas especies vegetales, 15 kilómetros para cazar animales y 10 kilómetros para llegar a una fuente natural de agua potable”, contó la investigadora a Sobre La Tierra.

Esos datos se conocen porque mapear el uso del bosque fue uno de los ejes de este estudio. Para lograrlo, se entregaron equipos de GPS a miembros de las comunidades que luego registraron los sitios donde obtenían agua, leña, plantas y cazaban. Los estudiosos recolectaron más de 1500 datos y los combinaron con mapas de desmontes, de cercos forestales y alambrados.

“Somos conscientes que la valoración numérica es muy limitada para comprender la magnitud y la complejidad del impacto de la deforestación en las comunidades. Sin embargo, tener esta información es clave para difundir las consecuencias ocultas que genera el desmonte. Es delicado trabajar y escribir sobre las problemáticas que atraviesan otras personas”, aclaró Vallejos.

El estudio se publicó en la revista científica Ambio, en coautoría con Ana Álvarez, Coordinadora General de ASOCIANA, Olivia del Giorgio, de la Universidad McGill de Canadá, y Tobias Kuemmerle, de la Universidad Humboldt de Berlín.

Vallejos contó que durante los viajes a campo aprendieron mucho del conocimiento del territorio, el uso comunitario de la tierra y la cosmovisión de los pueblos indígenas. Sin embargo, también vieron la enorme pobreza de la región. Entonces, se preguntaron qué está pasando con la plata que genera la expansión agrícola.

“El agro es un sector que aporta mucho al PBI de la Argentina, pero no es claro cuánto deja en el territorio. Hoy investigo cuánto ‘derrama’ la expansión agrícola a nivel local. Combino censos y parámetros de bienestar, y los cruzo con datos de uso del suelo. Arranqué por la Argentina y voy a incluir a Bolivia y Paraguay para comparar entre países”, adelantó la investigadora.

Bichos de Campo

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