El pico se produce meses antes de que el fenómeno llegue a su punto culminante. Se traducirá en sequías, inundaciones e incendios de una intensidad mayor a la acostumbrada.

Aunque todavía no alcanzó su pico, que se prevé que llegará entre noviembre y diciembre, El Niño ya quebró un récord de temperatura y hace historia. En el epicentro del océano Pacífico, según datos provistos por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), reportó un aumento de 3.05 grados, que supera a los 3.02 que se habían registrado hacia fines de 2015. Este fenómeno de calentamiento de los mares, que en esta ocasión se prolongará hasta febrero de 2027, implica una serie de desbarajustes climáticos con consecuencias dramáticas en los ecosistemas y las personas.

El Antropoceno, la época geológica que se caracteriza por la acción humana sobre el cambio climático, también es un tiempo de récords y cifras que se salen de lo normal. Los impactos en el ambiente son cada vez más recurrentes y acelerados. De hecho, según distintas proyecciones, el aumento de la temperatura del océano Pacífico podría alcanzar los 4 grados hacia finales de 2026, con respecto a la temperatura promedio entre 1991 y 2020 que actúa como parámetro.

Aunque, con justa razón, a los meteorólogos y especialistas del rubro no les gustan los adjetivos que colocan los periodistas, El Niño, esta vez, presenta rasgos singulares. “Súper” o no, el fenómeno prevé una virulencia nunca vista.

Los científicos refieren que el cambio climático posee un “efecto multiplicador”, al servir como usina que potencia las consecuencias normales que por sí solo provocaría El Niño. Por ello, si ambos fenómenos se tienen en cuenta de manera combinada, el 2027 podría ubicarse como el año más caluroso de la historia.

En Argentina, algunas de las proyecciones indican que durante esta primavera habrá más precipitaciones en el noroeste, el litoral y el este de Buenos Aires, y que algunas áreas de Entre Ríos, Corrientes y Misiones serán las más afectadas por las lluvias acumuladas intensas. Hacia el verano, se registrarán lluvias generalizadas en todo el país y los días nublados podrán servir para moderar las temperaturas máximas.

Consecuencias dramáticas

Las temperaturas extremas llevan a problemas de salud, escasez de agua y amenazas para los cultivos y la seguridad alimentaria. Sequías acompañadas de incendios forestales, así como tormentas que desencadenan inundaciones pondrán en riesgo a las cosechas, pero también a las viviendas y la vida de comunidades enteras.

Ya de por sí, el calor contribuye al sedentarismo (sobre todo, en los países menos desarrollados y sin capacidades para mitigar las altas temperaturas) y puede provocar muertes extras. De hecho, una investigación reciente de la UCA, publicada en The Lancet Global Health, estimó que para mitad de siglo, las altas temperaturas podrían provocar entre 470 mil y 700 mil muertes prematuras (de personas que tienen entre 39 y 65 años) adicionales por año.

Además de los fallecimientos, cuando un fenómeno como El Niño se manifiesta de manera exacerbada provoca daños materiales y económicos difíciles de afrontar. Se estima que, en episodios pasados de similar intensidad como El Niño de la temporada 97-98, los daños provocados se tradujeron en 6 billones de dólares. Del mismo modo, la investigación difundida en The Lancet Global Health alerta que hacia 2050, gracias a los aumentos de temperatura, podría haber pérdidas de productividad anuales de entre 2.400 y 3.680 millones de dólares.

A pesar de las proyecciones, en cada cumbre climática cuesta convencer a los líderes mundiales de que apostar a la transición energética también es apostar por un futuro de bienestar económico. La quema de combustibles fósiles continúa dominando la escena en los modelos de desarrollo y nada indica que, en el corto plazo, la situación vaya a modificarse demasiado. Como siempre, cuando la lógica cortoplacista manda, la razón no tiene lugar.

Todo porque cambia la circulación

Según explica el sitio oficial de la Organización Meteorológica Mundial, El Niño se caracteriza por “temperaturas inusualmente cálidas de las aguas superficiales de las zonas central y oriental del Pacífico”. Y narra sus orígenes: “Fueron los marineros y los pescadores de la región los que, al constatar que una corriente cálida provocaba una reducción de las capturas por lo general en fechas cercanas a Navidad, decidieron bautizar este fenómeno como El Niño en alusión al niño Jesús”.

Como suele explicar la meteoróloga Cindy Fernández, El Niño se produce por un cambio en la circulación atmosférica global desencadenada por un calentamiento atípico del océano Pacífico ecuatorial. Sucede que los océanos interactúan constantemente con la atmósfera, entregando calor y vapor de agua. Por ello, cuando varía su temperatura, la cantidad de vapor y energía que la atmósfera recibe cambia, y esto hace que toda la circulación atmosférica se modifique.

Todo esto implica un cambio en la circulación atmosférica de gran parte del planeta que, como resultado, provoca que tanto las lluvias o las sequías, como las masas de aire más frías o cálidas, se trasladen a zonas donde antes no eran frecuentes. Apenas un cambio en la circulación atmosférica: un desacople que el planeta paga bastante caro.

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