La reforma no crea empleo genuino, redefine el empleo existente como más barato.
Por Pablo Tigani
El análisis de la reforma laboral impulsada por el gobierno libertario de Javier Milei exige abandonar una lectura meramente jurídica o económica. No estamos ante un simple conjunto de modificaciones normativas orientadas a “modernizar” el mercado de trabajo, sino frente a una tecnología de gobierno en el sentido desarrollado por Michel Foucault; un entramado de normas, discursos y prácticas destinado a producir determinados tipos de sujetos y conductas.
La insistencia oficial en presentar la reforma como una corrección técnica de “rigideces” oculta su verdadera naturaleza política. La ley no solo regula relaciones laborales; define qué tipo de trabajador es legítimo, qué comportamientos son deseables y qué formas de vida merecen protección. En este sentido, la reforma laboral libertaria debe ser leída como un dispositivo de subjetivación antes que como una herramienta de eficiencia económica.
El núcleo de esta racionalidad consiste en desplazar el eje de la protección colectiva hacia la responsabilidad individual, redefiniendo el trabajo como una relación puramente contractual entre partes formalmente iguales, aunque materialmente profundamente asimétricas.
El discurso libertario: libertad, mérito y desresponsabilización estructural
El discurso oficial que acompaña la reforma laboral se articula alrededor de un léxico reiterado: libertad, elección, mérito, esfuerzo, eficiencia. Estos términos, lejos de ser neutrales, cumplen una función performativa; producen una determinada interpretación de la realidad social y clausuran otras posibles.
La “libertad” invocada no es la libertad efectiva de elegir entre alternativas reales, sino la libertad negativa de asumir riesgos en soledad. El trabajador es “libre” de aceptar contratos precarios, de encadenar empleos inestables o de convertirse en monotributista permanente; lo que desaparece es la libertad de contar con un piso mínimo de seguridad material.
El mérito opera como categoría moral central. El éxito se presenta como resultado exclusivo del esfuerzo individual, mientras que el fracaso es atribuido a déficits personales: falta de talento, de adaptación o de voluntad. De este modo, se desresponsabiliza a las estructuras económicas y a las decisiones políticas de sus consecuencias sociales.
Este discurso no es ingenuo. Funciona como una estrategia de despolitización, en tanto transforma problemas colectivos en dilemas morales individuales, neutralizando la posibilidad de conflicto social organizado.
El trabajador como empresario de sí: subjetividad y autogobierno
Siguiendo a Foucault, el neoliberalismo no gobierna principalmente a través de la prohibición, sino mediante la incitación a la auto-regulación. La figura del trabajador-emprendedor encarna esta lógica; el sujeto debe gestionarse a sí mismo como un capital, invertir en su empleabilidad, asumir riesgos y responsabilizarse de los resultados.
La reforma laboral libertaria institucionaliza esta figura. La ampliación de contratos temporales, la flexibilización de despidos, la promoción de esquemas de tercerización y la erosión de la negociación colectiva no son simples medidas aisladas, sino mecanismos orientados a producir sujetos permanentemente disponibles, adaptables y disciplinados por el miedo a la exclusión.
El autogobierno se convierte así en una forma sofisticada de control. El trabajador internaliza la precariedad como condición normal de existencia y se auto culpabiliza cuando no logra sostener su inserción en un mercado cada vez más hostil.
Desmontaje normativo: flexibilizar es desproteger
Desde el punto de vista jurídico-laboral, el proyecto de reforma propone un conjunto de modificaciones que convergen en un mismo objetivo: reducir la protección del trabajo asalariado y transferir riesgos desde el empleador hacia el trabajador.
Entre los ejes centrales se destacan:
- La ampliación de modalidades contractuales precarias.
- La facilitación de despidos y la reducción de indemnizaciones.
- El debilitamiento de la negociación colectiva y de la tutela sindical.
- La promoción de esquemas de contratación individualizados y externalizados.
Estas medidas son justificadas bajo el argumento de que el “costo laboral” inhibe la creación de empleo. Sin embargo, esta afirmación carece de sustento empírico robusto. Numerosos estudios muestran que la demanda de trabajo depende fundamentalmente del nivel de actividad económica y del consumo, no de la mera reducción de derechos.
La reforma no crea empleo genuino, redefine el empleo existente como más barato, más inestable y más desprotegido.
La asimetría estructural: libertad formal, coerción material
Uno de los supuestos implícitos del proyecto libertario es la igualdad entre las partes contratantes. Esta ficción jurídica ignora deliberadamente la asimetría estructural entre capital y trabajo. En contextos de desempleo elevado, caída del consumo y deterioro del poder adquisitivo, la “libertad contractual” del trabajador es puramente formal.
Aceptar condiciones precarias no es una elección libre, sino una estrategia de supervivencia. La reforma laboral, lejos de ampliar opciones, reduce el margen de negociación del trabajador y consolida relaciones de poder profundamente desiguales.
Aquí se revela el carácter ideológico del discurso libertario; se invoca la libertad allí donde materialmente no existe, y se niega la coerción estructural que organiza el mercado laboral.
Tecnología de gobierno y daño social acumulativo
La reforma laboral no actúa de manera aislada. Se articula con otras políticas del gobierno libertario -ajuste fiscal, contracción del gasto público, desregulación económica- que profundizan la caída de la demanda interna y el deterioro del tejido social.
El resultado es un daño social acumulativo: precariedad laboral, caída del consumo, debilitamiento de la inversión productiva y erosión de la cohesión comunitaria. Lejos de corregir desequilibrios, la reforma contribuye a reproducir un modelo de crecimiento excluyente y financierizado.
Gobernar precarizando
Este articulo ha mostrado que la reforma laboral libertaria debe ser comprendida como una tecnología de gobierno orientada a producir un tipo específico de trabajador: individualizado, precarizado, moralmente responsabilizado y políticamente desarticulado.
Bajo el lenguaje de la libertad y la eficiencia, se consolida un régimen de desprotección estructural que corroe la identidad, debilita los vínculos sociales y socava las bases mismas de la reproducción económica.
Publicado en La Política Online
